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Tres vidas salvadas y otras tres

LAS GRANDES CASUALIDADES V

Por Hernán Luis Biasotti, 
Autor de Claves para la Navegación Feliz, y libros didácticos y de relatos marineros.

Cuando yo tenía mi escuela de yachting, nuestra base era Marina Punta Chica y tuvimos tres sloops clase Avan 660. Los días de semana, normalmente salía uno solo. A los barcos los teníamos sencillitos: juego de velas completo, dos anclas, dos palas bichero, dos baldes, salvavidas, una caja con bengalas, linterna, etc. y otra con herramientas. Completaban el equipamiento las cartas náuticas, compás, pínula, escandallo y basta. Sin radio, porque no se nos daba la gana; ni motor porque al fuera de borda lo colocábamos nada más que para ir hasta la Prefectura a dar examen. No existía el GPS ni el teléfono celular, que hoy se han hecho tan imprescindibles. 

Un día áspero y encandilante de fin del verano, soplaba viento persistente del oeste, seco. Fue aumentando hasta ponerse violento y arrachado. El río bajaba como un torrente. María Marta había salido a las dos de la tarde a dar clases con tres alumnos en nuestro Avan color azul. A las cinco de la tarde debían estar de regreso. Yo fui a verificar que hubieran regresado, como hacía siempre aquel de nosotros que quedaba en tierra, y comprobé que no estaban en la amarra. Oteando desde el tablestacado con los prismáticos a lo largo del río Luján, no se veía ningún barco. Aparejé nuestro Avan color blanco, y con tormentín y dos manos de rizos tomados a la mayor, me largué rio abajo a buscarlos. “Puede habérseles cortado un obenque, o roto el timón”- pensé. Cuando pasé la Baliza San Isidro vi que afuera no había nadie. Anduve varias millas rumbo a Buenos Aires, oteando en derredor. Nada a babor…  nada a estribor… Con los prismáticos podía barrer el panorama entre Dársena Norte, la costa y el Canal Mitre. No estaban varados ni fondeados ni a la deriva. Hundirse no podían porque esos barcos tienen compartimientos estancos que les aseguran flotabilidad. Deduje que el viento y la corriente fortísima les impedirían cumplir el horario (la gente suele tener compromisos) y se habrían metido en algún puerto de alternativa como teníamos convenido hacer siempre que fuera difícil o riesgoso volver a la amarra.

Viré y comencé la dura bordejeada de regreso. Borde a tierra, borde al Mitre… En eso veo, allá afuera, una mano agitando una pequeña orza de tabla de windsurf. Era un muchacho que pedía auxilio. Lo rescaté, por supuesto. Se le había escapado la tabla, que se perdió definitivamente. Estaba demasiado lejos para alcanzar la costa a nado. Eran los primeros tiempos del windsurf y no llevaba la tabla unida al tobillo con una rabiza, tampoco se acostumbraba usar traje de neoprene. ¿Qué fue de nuestro barco azul? Todo bien, María Marta, al arreciar tanto el viento y la corriente, había tomado amarra en el puerto de Olivos y lo fue a buscar al día siguiente.

El 21 de diciembre de 2007, con un Bramador 34, salvamos por casualidad a dos muchachitos uruguayos de 16 años. Ya se ponía el sol y faltaba una milla nada más para llegar a Punta del Este, veníamos de Núñez. El dueño del barco, recordó entonces que no habíamos tenido ocasión de izar el flamante spinnaker y volvimos sobre nuestra estela hasta el Bajo del Monarca para probarlo. Después de ver qué lindo era y practicar un par de trabuchadas, arriamos y apuntamos al puerto a motor. Estábamos entre la isla Gorriti y la Playa Mansa cuando vimos dos nadadores braceando a las cansadas. “Qué raro – comentamos – ¿qué hacen a esta hora por acá. Estarán entrenándose sin un bote de apoyo?”. Nos acercamos. – “¿Hola, chicos, todo bien?”. Uno contestó que sí, el otro venía bufando y no habló. – “¿Quieren que los llevemos?”. –“No, gracias” – contestó el mismo, pienso que por amor propio. El otro no quiso o no tuvo aliento para decir nada y siguió nadando. Los pasamos de largo. No habíamos hecho ni quinientos metros cuando me cayó la ficha “¡Volvamos – dije – Estos chicos no llegan!”, – “¿Te parece?, dijeron que iban bien”.  – “Mirá – respondí – si mañana o pasado sale en los diarios que estos pibes se ahogaron, va a pesar sobre nuestra conciencia no haber insistido”. Sin dudarlo, mi acompañante dio todo el timón a la banda y fuimos a buscarlos. No les pedimos opinión: -“¡A-

rriba, chicos, vamos, suban a bordo que ya es de noche!”. Uno apenas pudo subir, al otro tuvimos que ayudarlo. Ambos estaban totalmente agotados y enfriados. Eran de Montevideo, veraneaban en Punta del Este con la familia de uno de ellos. Habían cruzado nadando, por impulso y sin avisarle a nadie, desde Parada 10 hasta la Gorriti. Las distancias en el agua, a primera vista parecen más cortas de lo que son; de mañana, llegaron bien pero al final del día era diferente. Los llevamos a su casa, es de imaginarse la alegría de los parientes, que ya estaban saliendo a pedir ayuda a la Prefectura para que salieran a buscarlos. Faltaban cuatro días para Navidad, figúrense cómo fueron y cómo podrían haber sido las fiestas para esas dos familias.

De otras tres vidas salvadas, aquí no referiré detalles porque no fueron en el agua: uno fue un anciano que llevé al médico cuando lo vi caerse en la vereda víctima de una crisis diabética, cerca de la Facultad de Medicina de Buenos Aires; otro, un comisario de civil, cerca de la Universidad del Salvador a quien le hice resucitación cardiopulmonar (RCP). Lo mismo a una jovencita que tuvo un ataque de epilepsia cuando fue a votar a los comicios en el Club S.O.I.V.A de Punta Chica, en unas elecciones en que me tocó ser presidente de mesa.

Las técnicas de Primeros Auxilios y RCP se aprenden en cursos diversos. Si tenemos carácter decidido y actitud y principios diferentes del cómodo “no te metas”, pueden ser útiles. Nunca se sabe cuándo podemos enfrentarnos al trance de salvar vidas por casualidad. Ω

barcos@barcosmagazine.com

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