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Conversión a propulsión híbrida

Por Francisco Javier Martin - Abadejo| javiermar@yahoo.com.ar Sirena” es un motovelero de 32 pies de eslora construído en 1953 por el astillero Pezzola, con un motor Scripps de seis cilindros que en 2017 se negó a

Por Francisco Javier Martin – Abadejo| javiermar@yahoo.com.ar

Sirena” es un motovelero de 32 pies de eslora construído en 1953 por el astillero Pezzola, con un motor Scripps de seis cilindros que en 2017 se negó a seguir funcionando, por una fisura en el block que dejaba pasar agua a la admisión. El material (fundición gris de grano grueso) y su antigüedad no ameritaban desarmar para intentar repararlo.

Se retiró el viejo motor remanente de la 2ª Guerra Mundial manteniendo la propulsión con un fuera de borda de 18 HP (con limitaciones), y probar la conversión eléctrica híbrida integrando un motor eléctrico sin descartar las velas, por supuesto. Se compraron dos paneles solares de doce voltios y cien watts, sin pasar ese valor ya que si bien hay más grandes, sumarían la potencia que dividida por el voltaje daría más de doce amperes, exigiendo una instalación especial con cables inmanejables o barras de cobre. Se adquirió un motor sumergible de veinticuatro voltios y tres kilowatts, para probar.  

Se reformó el arco popel del bimini, montando un marco de aluminio con los paneles conectados en serie, sumando veinticuatro voltios y doscientos watts, pero sólo ocho amperes, que es una corriente “manejable”. El regulador de tensión alimenta cuatro baterías de ciclo profundo de ciento diez amper/hora, en serie-paralelo, sumando voltaje y amperaje –cuidando las descargas- y el motor de imanes permanentes montado en el timón con una hélice de tres palas. El sistema se controla electrónicamente con alarmas luminosas y sonoras, cortando la alimentación del regulador al conectar el motor y desconectándolo al recargar las baterías ya que la elevada descarga genera hidrógeno, aunque en teoría todo es automático.

Las pruebas de funcionamiento se hicieron en el Canal del Este y el Paraná de Las Palmas, con buen resultado. La potencia es reducida y por ende la velocidad también, llegando con dos tercios de acelerador a unos dos nudos sin viento ni corriente, respondiendo a la maniobra siempre que no haya emergencia. 

En cuanto a la autonomía, funcionó durante dos horas y media, sin que la carga de las baterías baje del cincuenta por ciento, lo que es alentador. 

Falta probarlo bajo mayor exigencia y ver cómo puede evolucionar. La poca potencia se compensa con el rendimiento, porque el motor Otto rinde sólo un veinticinco por ciento de su fuerza; un Diésel rendiría hasta el treinta y cinco por ciento, y uno eléctrico de este tipo con sólo nueve kilos de peso, el noventa y ocho por ciento. Serviría para salir de una calma o volver a puerto si el otro se queda, o en condiciones adversas utilizar ambos, sumando veinte caballos. Se podrían agregar baterías (dentro de lo razonable), o poner un motor eléctrico interno, complicando la instalación con un cojinete de empuje y un sistema de refrigeración. 

En caso de tener que afrontar un temporal en aguas abiertas, la propulsión fuera de borda no es la más recomendable, pero para navegar de crucero por el Delta donde es difícil encontrar el viento, se lo considera conveniente y económicamente redituable.

arte@barcosmagazine.com

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