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GALLETITAS POR SI ACASO

LAS GRANDES CASUALIDADES II Por Hernán Luis Biasotti,  Autor de Claves para la Navegación Feliz, y libros didácticos y de relatos marineros. No sabemos si existe un paraíso de los navegantes. Pero si lo hay, allí seguramente se

LAS GRANDES CASUALIDADES II

Por Hernán Luis Biasotti, 

Autor de Claves para la Navegación Feliz, y libros didácticos y de relatos marineros.

No sabemos si existe un paraíso de los navegantes. Pero si lo hay, allí seguramente se puede navegar entre todos los puertos sin formular despacho. En cambio acá en la tierra o mejor dicho en nuestras aguas, y a despecho de ese cuento chino que se llama Mercosur, nos flagelan con el rol de aquí y con el rol de allá. Y allá, justamente, llegamos mi tripulante D’Artagnan y yo, a buscar un pequeño velero clase Colibrí 24, para traerlo de vuelta a su amarra de Marina Punta Chica al final de las vacaciones de sus propietarios. A la hora convenida y en el lugar convenido, la punta del muelle, lo que apareció puntualmente en vez de un jovencito llamado Diego, fue su bolso. Lo traía su novia, que nos informaba que él no vendría porque se había engripado y esa misma mañana se había vuelto en avión. 

Sorprendido pregunté -“¿En el bolso están los papeles del barco? ¿Me hizo una autorización para despachar?”

La respuesta era previsible -“Ah, no sé. No me dijo nada.”

Tras minuciosa revisación del bolso y del barco confirmamos nuestra sospecha: a bordo estaban la matrícula, el certificado de elementos de seguridad (hoy felizmente derogado ¡Vamos todavía!), la copia del rol de entrada y el recibo de pago de la amarra… pero ninguna clase de autorización. Acá tengo que detallar que antes de la revolución de los telefonitos y las computadoras, para telefonear desde el país hermano había que peregrinar hasta la compañía ANTEL, hacer cola, presentarse con la cédula de identidad –si te la habías olvidado estabas frito porque no te permitían hablar– y hablar poquito y pagar mucho, pero solamente con moneda de allá y en efectivo. Con todo, le hablamos al enfermito para decirle que no permitían hacer el despacho sin autorización notarial, legalizada además ante el colegio de escribanos. 

– Pero, Hernán, si vos lo entraste ¿Cómo no te van a permitir traerlo de vuelta?

– Sí, yo despaché como piloto, pero vos venías conmigo y sos la persona que figura en la autorización que extendió tu viejo, que es el titular de la matrícula. Con vos embarcado, todo bien, pero si no estás no me despachan. Hacer el permiso ahora es una complicación, cuesta caro y demora  varios días. Tenés que venir. 

– ¿Y si les explicás que me engripé?

Bajemos aquí un telón piadoso ante la ingenuidad del adolescente y saltemos del planteo a la solución.

– Dieguito, veo en el recibo que pagaste la amarra ¿No se le debe nada a nadie?

– Nada, está todo pago ¿Por?

– Si no hay deudas y no tenés inconveniente, hacemos mutis por el foro. Mientras no reclames que te robaron el barco, no se van a dar cuenta de que les sobra un rol, es una hoja más en una carpeta gorda que quizás alimente la estufa el próximo invierno.

– Dale, gracias, mandate. Yo me quedo en cama, no sabés la fiebre que tengo.

De modo que a la mañana siguiente, D’artagnan y yo, y el bolso sin Diego, zarpamos a eso de las once de la mañana para mimetizarnos con los demás paseanderos que salían en dirección a la isla Gorriti y alrededores. Al llegar a Punta Ballena izamos spinnaker… y patitas para que te quiero. Navegación veloz y tan placentera que en su guardia libre mi excelente tripulante apreciaba y comentaba en voz alta las páginas de las Playboy adquiridas en algún kiosko de Gorlero. La vela tiró bien toda la noche y al amanecer andábamos por el través del Banco Jesús María cuando el viento calmó. El spí ya no trabajaba y la mayor seguía izada esperando alguna brisa. Me tocaba dormir desde las cuatro hasta las ocho de la mañana, pero a eso de las siete, desde lo más profundo de mi sueño escuché que mi tripulante me llamaba alarmado para que saliera a cubierta a ver lo que venía. Me señaló en dirección al norte, hacia la costa, algo que navegaba a nuestro encuentro.

– Me parece que es la Prefectura – musitó- Vienen por nosotros ¿Podés agarrar el timón un ratito?

– Aguantame un momento que me lavo la cara y me pongo pantalones y una remera.- atiné a responder semidormido mientras me vestía a los apurones.

Yo no podía creer que alguien se hubiera dado cuenta de que un barquito insignificante como ése se había ido sin despachar. Tomé el timón y me puse a escudriñar con los prismáticos. Efectivamente, aquello gris y lleno de antenas que venía derecho hacia nosotros levantando bigotes era inconfundiblemente una lancha patrullera. ¿Cómo nos habrían descubierto? ¿Sería una inspección al azar? No podía darse tanta maldita casualidad. 

Mi compinche se había metido adentro como alma que lleva el diablo y en medio del silencio del río en calma chicha, surgía de la cabina ese sonido como de chisporroteo tan particular que se produce al manipular envases de papel metalizado y bolsas de celofán. 

– Vení, che, dejá lo sea que estás acomodando y decime si a vos también te parece como a mí que esa lancha trae bandera argentina.

– Sí, sí, es argentina ¡Menos mal!

Era una patrullera mediana. Al acercarse aminoraron la marcha, venían con un megáfono a pilas en la mano.- ¡Buen día! – sonó la voz metálica a través del aparato – Disculpen la molestia, estamos escoltando la regata Buquebús. Hemos perdido comunicación con uno de los participantes y quisiéramos saber si ustedes lo vieron. Se llama Neblí.

– ¡Buen día! – No es ninguna molestia, al contrario. Al amanecer nos cruzamos de cerca con varios veleros pero a ese no lo vimos. Al Neblí justamente lo conozco bien, es un Bries de casco blanco que amarra en Marina Punta Chica. Si llegamos a verlo, les avisaremos que se pongan en comunicación con ustedes.

El Colibrí nuestro era color azul, evidentemente ya de lejos habían notado que no éramos  la oveja descarriada de su rebaño. No estaban interesados en nosotros, agradecieron y siguieron su camino.

D’Artagnan trajo al cockpit galletas, termo y mate – Che – le pregunté recibiendo el que acababa de cebar – ¿que ruido hacías en la cocina cuando apareció la patrullera?

– Nada – estaba metiendo bastantes galletitas en una bolsa.

-¿Galletitas? ¿Para qué?

– Y… obvio. Todavía ni habíamos desayunado ¿Y si nos llevaban en cana y nos tenían un montón de tiempo sin darnos de comer?  Ω

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