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LAS CARTAS DEL RÍO WESER

LAS GRANDES CASUALIDADES I Por Hernán Luis Biasotti,  Autor de Claves para la Navegación Feliz, y libros didácticos y de relatos marineros. Hay quienes dicen que nada es casual. Los escépticos juegan con las palabras, dicen que lo

LAS GRANDES CASUALIDADES I

Por Hernán Luis Biasotti, 
Autor de Claves para la Navegación Feliz, y libros didácticos y de relatos marineros.

Hay quienes dicen que nada es casual. Los escépticos juegan con las palabras, dicen que lo que único real es la causalidad, es decir una relación de causa y efecto. Sin embargo, las casualidades existen. A menos que existan los milagros, y definitivamente en milagros no creo. Vean si no lo que me sucedió en Alemania. Fue justo antes de la caída del Muro de Berlín, pero eso es anecdótico, el muro no tiene nada que ver, lo que voy a narrar se refiere a las cartas náuticas de un río y es la verdad y nada más que la verdad. 

Aquella primavera europea yo había estado navegando con alumnos y amigos por el Mar Adriático, y un amigo alemán, el escritor y periodista náutico Harald Mertes, me propuso que al terminar aquel crucero llevara el barco de un amigo suyo desde Alemania hasta Holanda. El barco era el Loon, un sloop construido en Noruega, de casi diez metros de eslora. Para el lector curioso, Loon significa somorgujo, una variedad de pato, y la doble o se pronuncia como en castellano, lo-on, no luun, como si fuera en inglés. En fin, no nos vayamos por las ramas, el Loon era de Klaus, un fotógrafo profesional que hacía el anuario del laboratorio medicinal Bayer, y como estaba sobre la fecha de entrega de la edición, no podía participar en el viaje. Mi único tripulante sería su ayudante de fotografía, el joven Berni, un flaco alto y desgarbado. Para que se den una idea, el tal Berni se parecía físicamente a Fido-Dido el alfeñique con pelo de cepillo de los avisos de Seven Up. Cuando me lo presentaron y le pregunté por su experiencia náutica, qué sabía hacer, etc. me contestó muy convencido que él era un tipo de muy mala suerte, que su desgracia más reciente era que la novia se le había ido con un amigo y que a él todo le salía mal. Era un pesimista puro, convencido de ser peligroso para sí mismo y para los demás. 

– No te preocupes –le dije– yo soy un tipo de tan buena suerte que mi buena onda va a contrarrestar tu fluido gettatore. Vas a ver que todo va a andar bien.  

El Loon había invernado fuera del agua en un galpón a orillas del río Lesum, algo así como nuestro arroyo Abra Vieja, de San Fernando. Después de botarlo, para colocarle el mástil, tendríamos que llevarlo a motor con el mástil sobre cubierta hasta la marina Sporthaven Grohn, en Wegesacke, donde, para darles una idea el paisaje se parece mucho a nuestro río Sarmiento, del Tigre. El resto del trayecto que nos conduciría al Mar del Norte se desarrollaría bajando unos cien kilómetros por el Weser, un gran río del calibre de nuestro Paraná de las Palmas flanqueado de grandes plantas industriales, desde Bremen hasta el puerto Bremerhaven, situado en la desembocadura.

La noche antes de ir a bordo, dormimos en el departamento de Klaus, en Düsseldorf. Allí estaban los instrumentos y demás equipos que se guardaban en la baulera durante el invierno, entonces  aproveché para estudiar la derrota. Para la sinuosa bajada del Weser teníamos en un sobre vinílico transparente un juego de diecisiete cartas de papel en gran escala. La zona donde terminaba el río y empezaba el mar estaba plagada de bancos y naufragios, llena de faros y balizas, confluencias y bifurcaciones de canales. La visibilidad habitualmente es mala, el viento fuerte y las corrientes de marea son fortísimas. En fin, una zona peligrosa, un espanto. Las cartas eran difíciles de interpretar de tanto obstáculo y balizamiento profuso, y si se ubican en la época, se darán cuenta de que no había aparatitos que te dijeran por donde ir, como hay ahora. 

Desde Düsseldorf hasta el barco fuimos en un jeep Isuzu completamente cargado de equipo y provisiones. Era viernes y anochecía, queríamos zarpar el sábado en cuanto hubiéramos colocado el mástil. Al rato de andar por la autopista, Klaus, pegándose una palmada en la frente, exclama ¡Las cartas!, y se detiene al costado de la ruta.

-¿Te las olvidaste?- pregunté.

– ¡Peor –dijo– las apoyé sobre el techo del jeep!

Como es de suponer, ya no estaban. Comprar otras era imposible, los negocios no abrían hasta el lunes.

– Tranquilo. Seguramente nos va a faltar algún perno o alguna chaveta y nos vamos a retrasar por cualquier otro motivo – le dije. Klaus estaba desconsolado.

– Está todo en orden –acotó Berni– cuando vengo yo… es así. 

Llegamos a bordo sin más novedades. Un lindo barco. Despertamos temprano y bajamos por aquel arroyo cinco kilómetros a motor con el mástil sobre cubierta hasta la marina Sporthaven Grohn. Al ver la pluma, me sorprende que sea tan corta. Resulta que la marea tiene más de cuatro metros de amplitud y está calculado que, cuando baja, el guinche queda más arriba. Entonces paramos el mástil y ajustamos los tensores ¡No falta ningún perno ni chaveta! Si tuviéramos cartas podríamos zarpar. De pronto, Berni ve algo que viene flotando con la corriente y dice quedamente:

– ¿Qué será eso? Miren, parecen mapas.

– ¡Dame rápido el bichero, dámelo que se va! –lo apuro.

Es un sobre de PVC transparente con papeles. Lo pesco, y sí, es un juego de diecisiete cartas del Weser. No es el nuestro pero son otras iguales, es un juego más viejo con el balizamiento anterior al IALA, pero sirve, conozco la equivalencia entre el sistema anterior y el nuevo. Se han mojado, las desparramamos para que se sequen.

Zarpamos con la pleamar a las 02:40 de la madrugada y navegamos río abajo con cinco nudos de corriente a favor. El balizamiento es abundante y bien mantenido, de colores brillantes y luces fuertes. En las cartas figura todo ¡Y las tenemos! Por casualidad.  Ω

arte@barcosmagazine.com

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