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Patacho

O EL MILAGRO DETENIDO EN LA PLAYA Por Andrea Centeno Cuando la marea está apenas un poco más baja de lo habitual, los arrecifes quedan al descubierto y uno puede andar cien, doscientos metros sobre las piedras

O EL MILAGRO DETENIDO EN LA PLAYA

Por Andrea Centeno

Cuando la marea está apenas un poco más baja de lo habitual, los arrecifes quedan al descubierto y uno puede andar cien, doscientos metros sobre las piedras eternamente húmedas, adentrándose en el mar que a esa altura tiene la tranquilidad de una piscina natural. Es una sensación única, que difícilmente pueda hallarse en otra playa, como puede sentirse en Patacho, un paraíso escondido al lado de São Miguel dos Milagres (San Miguel de los Milagros, en su traducción literal al español).

Para quienes la conocen, Patacho es sinónimo de tranquilidad, de calma, de paraíso. Es una playa desierta, poblada apenas por coqueros altísimos, erguidos sobre una arena tan blanca como limpia. Tiene una playa que podría ser casi gemela en cuanto a belleza, que se llama Laje. Y además del color del agua y la hermosura, las dos tienen como factor común el de pertenecer al estado brasileño de Alagoas. Y son vecinas, ambas ubicadas en el municipio de Porto das Pedras, emancipado desde 1921 del mismísimo São Miguel dos Milagres, aunque para la mayoría de los lugareños aún sigan siendo parte de la misma división política, con idéntica geografía.

Entre los viajeros frecuentes, Patacho y Laje, con forma inconfundible de media luna, se disputan el podio de las preferencias, aunque es verdad que las piscinas naturales son más grandes y más abundantes en Patacho, la mejor puntuada por los especialistas en turismo y el lugar que más veces suele ser destinatario de la palabra paraíso. Por ejemplo, la revista  Viagem e Turismo (editorial Abril) la incluye en la lista de las diez mejores playas de Brasil para conocer en 2018 y la revista Quatro Rodas (también de editorial Abril) le concede a Patacho cinco estrellas por sus aguas, sus arenas, sus paisajes, su ubicación privilegiada y su absoluta tranquilidad, pues son pocos quienes suelen visitarla en los días laborables, para destacarla como la más bonita de la Costa dos Corais (Costa d los Corales).

Por ejemplo, cuando hay luna nueva o luna llena, aparece el horizonte en Patacho, por lo que la actividad obligada (increíble) es esperar la luna aparecer como saliendo del mismísimo mar, radiante. Incluso, hay quienes hasta corren hacia ella por encima de metros y metros de camino de piedras de los arrecifes.

Como no andan por allí vendedores ambulantes ni hay puestitos de ventas de comidas y bebidas, son pocos los que se animan a pasar todo un día allí. Igual, para quien se hospeda en São Miguel dos Milagres, llegarse hasta Patacho es fácil, como lo es llegarse hasta Laje.

Debe aprovecharse para conocer las demás playas de alrededor de São Miguel dos Milagres, una localidad considerada como un arca de tesoros a la orilla del mar. Ya la playa del centro de São Miguel dos Milagres deja maravillado hasta al más desprevenido. Por su hermosura, matizada al atardecer en tonos que alcanzan el violeta en las aguas y a veces en las arenas, por su que serenidad, que parece interminable, sus jardines de coqueros de verde intenso, sus piscinas naturales y los cientos de tonos de los peces que pueden verse desde fuera de la superficie.

Todas las playas de São Miguel dos Milagres son la continuación natural de pequeños pueblos de pescadores, desiertas y con el ritmo y la brisa ideales para largos paseos en embarcaciones a vela y a práctica de snorkel y buceo. El clima, cálido del nordeste brasileño, es el mejor para relajarse. Por allí, además de la belleza, el denominador común es relax total!!

No son más de ocho mil los habitantes de todo la localidad de São Miguel dos Milagres, enclavada a unas dos horas de automóvil al norte de Maceió, la capital de Alagoas, justo en la llamada ruta ecológica, entre la Barra de Camaragibe y el Porto de Pedras, donde abundan las pousadas de lujo, los muy buenos restaurantes y los paseos ecológicos y escasean los viajeros.

En Porto das Pedras es obligatoria la visita al Farol (inaugurado en 1933), adonde puede llegarse a pie y cuesta arriba por unos 90 metros, y una vez en lo alto quedarse a admirar el encuentro del mar con la del río, ambas de varios tonos de verde bien diferenciados. También, debe conocerse el pequeño pueblo de Tatuamunha (identificado por muchos como el Proyecto de Preservación del Peixe-Boi), con caserones antiguos y la iglesia de São Goncalo, casi todo pintado de verde chillón. Por allí, por el río que le da el nombre de Tatuamunha, es fácil pasear en pequeñas embarcaciones y pueden verse esos grandes peces llamados de Boi (buey, en español) que pueden alcanzar pesos de hasta 500 kilogramos.

Cuenta la historia local, que el nombre São Miguel dos Milagres tuvo su origen en el descubrimiento de un pescador, que encontró una gran pieza de madera cubierta de musgos y aún así decidió llevarla a casa. Una vez allí la limpió durante horas, tal vez días, hasta darse cuenta que se trataba de una estatua del arcángel San Miguel, justo en el momento de darse cuenta, también, que una herida que le dolía desde hacía largo tiempo había cicatrizado, lo que fue considerado como un milagro grande.

De allí, São Miguel dos Milagres. Milagros que, según los relatos de los turistas, se reflejan todos los días en la naturaleza sin igual del lugar, sobre todo en los rincones de Patacho, la niña bonita y más mimada de Alagoas.

arte@barcosmagazine.com

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